En una reunión de la parroquia se planteó el problema de si el amor que el hombre manifiesta a Dios es distinto del que manifiesta a los hombres y después de expresarse diversas opiniones se concluyó que el amor solo puede ser uno, que se manifiesta tanto a Dios como a los hombres.
Después de aquello Benedicto XVI publicó su encíclica Deus Caritas Est en la que definió magistralmente esta cuestión: En fin, se ha de recordar de modo particular la gran parábola del Juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el cual el amor se convierte en el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana. Jesús se identifica con los pobres: los hambrientos y sedientos, los forasteros, los desnudos, enfermos o encarcelados. « Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis » (Mt 25, 40). Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios.
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